Ella no eran todas.

Ella al mundo no salía para estar en su mundo, no era lo frágil de su interior lo que la anclaba en los bordes de sus deseos, y ahí estaba navegando por dentro, ahogándose por fuera.
Soltaba amarras en días de lluvia, en plena tormenta el lienzo de cada vela eran uno con el viento y el agua de todos lados rodaba hasta que era difícil distinguir el sabor de cada gota... no sabías si era agua dulce de lluvia, agua salada de mar o de lágrimas al viento. No importaba el rumbo,  ni la corriente, todos los mapas de los días perdidos no hacían un día de verano.
No andaba con el viento, no había idea que su ideal nublara, era mujer de madera firme pero no andaba a la deriva. No tenía capitán ni tripulación, no soltaba los cañones por las dudas que en algún momento la atacarán en pleno puerto, no tenía miedo a naufragar ni vergüenza a miedo como al mar abierto, pero tampoco se iba a rendir. Le era preferible no llevar bandera alguna a que la tilden de pirata, y eso que podría decirse de ella, le importaba menos que la arena donde no volvería a encallar jamás...
Pero perdón... me equivoque. En el momento de describirla me faltaban datos, como si la brujula que llevan las letras fueran a otro lado, como si el norte lo hubiesen corrido solo para que el humilde escritor viera otro mundo.
Pero no se porque la empecé a comparar como una embarcación, porque la realidad es que era más bien como una mujer que llevaba el mar en la piel, cada tramo era una admirable seda de paz y de ausencias. Nadie se animaría a recorrer las constelaciones de lunares en su espalda.
El tipo no era nadie. Solo la vi una vez y me senté en el fondo del mar a esperar que me viera pasar.

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