Estaba
Estaba
Hay dos cosas que no deben mezclarse, bueno en realidad varias. Ejemplos que no son buenos mezclar hay en todos los órdenes de la vida, pero los más peligrosos son los químicos. No pretendo hacer un compendio de tal materia, pero sabemos que mezclar cosas acidas dan reacciones químicas poderosas que son incontrolables.
Otras mezclas peligrosas son el dinero y el poder, pero no voy a hacer un cuento que sea una novela universal sobre la filosofía humana, ya que no hay suficiente papel en el mundo para desarrollarlo, ni bosque que no queramos talar para tratar de explicarnos que somos por dentro y convertirlo en libros. En fin, igual ahora tenemos computadoras que mantienen eso en forma de byte, pero no hay servidor que quiera alojar tal forma de humanidad.
¿Qué tal si les cuento cuando heroicamente salve una vida? Modestia aparte y sin ser súper héroe me convertí en uno.
Verán la paz y la tranquilidad es tan antigua, que su búsqueda viene desde el génesis. Hagan esta cuenta, cuando éramos tan solo dos humanos en este planeta, tan solo dos. Una serpiente le hablo a una mujer, esta al hombre, y el hombre logro su primer invento en esta historia. La excusa. Por qué lo primero que dijo al verse desnudo y ver a su dios, dijo: “la mujer que tú me diste…. “. La paz en ese momento empezó a irse, tomarse un viaje largo. Ya que el hombre en su primer invento le echo la culpa al bueno de Dios al verse en tal indefendible aprieto. ¡Y tan solo éramos 2! La historia sigue con el peor momento porque desde la matemática. Cuando fuimos 4, de un momento a otro fuimos 3, y el índice de criminalidad era del 25%. ¿Me siguen? Fuimos diseñados para ser pacíficos y felices, pero simplemente no nos gusta tomar esas decisiones tan simples. Mezclamos mal nuestras decisiones y nuestras pasiones o devociones. Otra vez pésimas mezclas.
Estudie medicina y es mi oficio. Creo que lo decidí a los 8 años, y no me arrepentí nunca. Era una motivación única saber cómo funcionamos, y era eso nada más que eso. Después vi como éramos por dentro y si bien me dio un poco de asco al principio sabía cuál era la motivación principal, saber cómo funcionamos. A veces en broma a mis amigos les digo que si mi motivación hubiera sido ver como éramos por dentro hoy sería el mejor criminal del mundo. A mis pacientes no les digo tal chiste ahora porque temen que los use de experimento. Y la verdad se gana más empatía pareciendo a John H. Watson que a Hannibal Lecter, que si bien el personaje era psiquiatra sabemos según Tomas Harris que le gustaba más que ejercer la medicina.
La medicina te permite salvar vidas, pero eso es segundario, porque desde mi modesto lugar y mi modesto consultorio puedo salvar a un pequeño número de personas, realmente muy pequeño. Quizás por cosas de la degeneración destilada de la maldad humana en años alejados del jardín del Edén, en el hospital tenga la oportunidad de salvar más vidas. Lamento que así sea, porque no tengo el pensamiento del sepulturero que dice, “no quiero que nadie se muera, pero que menos muertos no le hacen bien al negocio”.
Una tarde de martes, en la guardia cae un hombre extremadamente flaco. No le digan a nadie, pero entre los médicos a veces nos ponemos a jugar a ser dioses, y tratamos de ver síntomas antes de cualquier análisis. Algunos médicos dirán que no, que es poco serio hacer semejante aseveración. Pero si lo hacemos, se los juro como el mismo juramento hipocrático.
Extremada delgadez, ojos vividos y exaltados. Se mostraba nervioso y buscando ayuda a los gritos por la puerta de ambulancias. Bien vestido, les parecería curiosos pero ya venia de traje negro, camisa blanca y corbata negra. Si, sé que parece que faltaba la madera de ébano y los herrajes cromados, pero ya con el reloj tenía suficiente color cromo. No sé porque me dio la sensación extraña verlo empujar las puertas de manera épica y corriendo pesadamente por los pasillos sosteniéndose el pecho y de manera agitada. Y ahí estaba su enorme angustia recorriendo y apoyándose ágil pero pesadamente su cuerpo en cada lugar que sobresalía entre las cosas del hospital. Pero odio decirlo, lo primero que note fue su reloj. Después su atuendo y más tarde sus signos vitales, mucho más tarde.
Lo vi moverse entre los biombos y sacando aire desde donde pudiera para sostenerse.
Lo freno una enfermera, Betty. Dama de agraciada cintura pero pocas fuerzas. Y después que cayeron al piso los dos, estuvimos entre dos más para lograr levantarlos. Lo pudimos subir a una camilla. Betty se ocupó de sus biromes y sellos, se acomodó el suéter azul de botones verdes a su lugar habitual. Y los demás tratamos de contener al paciente.
Estaba tan ligero de peso que todavía no me explico cómo cayo Betty. Ella tenía un equilibrio admirable y ágil, todos creíamos deberle eso a que su cetro de gravedad estaba muy próximo al suelo, obviamente nadie le diría “petisa” a una mujer que tuviera un metro sesenta con tacos debido a que ninguno tenía la necesidad de probar su instinto asesino o su mal humor. Ese humor que la sacaba en los turnos de la mañana cuando venía en pleno invierno con su motito de 110 cm3 por una pampa más bien lisa y helada a mediados de julio o con lluvias de agosto como ahora.
Sacamos ropa lo más rápido, tomamos signos vitales. Sacamos sangre y medimos el nivel de oxígeno en sangre. Todo lo habitual
En mi cabeza recorrí síntomas de toda la carrera, infartos de todo tipo, estados mentales alterados por alguna droga, por alguna enfermedad psiquiátrica, envenenamientos, saque todas mis teorías en un instante. Buscamos heridas de algún tipo.
Nada.
Volvió a ser nada después de que fueran llegando algunos análisis.
Si tan solo hubieran visto la calma que recuero ese espectro que entro apresurado a la guardia con la capacidad de tumbar las puertas del cielo, y vestido como para tal ocasión. Apenas toco la camilla y le sacamos la ropa y lo cableamos para los signos vitales, les juro por el mismo Hipócrates que recupero hasta el color. No tenía más el color del busto del médico griego, ahora tenía una tez que recuperaba el rosado. No hubo necesidad de que Betty buscara venas, se le notaban en el antebrazo como un mapa de autopista.
La calma volvió a la guardia. Era martes a la tarde otra vez en el pueblo.
Diego busco entre sus ropas por lo menos un nombre para anotarlo. Era el enfermero de salud mental del hospital con el tamaño de una montaña, la altura de tal y la calma de la nieve que le cae en invierno.
Anotamos Carlos Gonzales, el nombre más común en la Argentina desde los años 1920, con Gonzales, el apellido más usado en este país.
Volviendo al paciente, vimos todos los análisis de sangre, los comunes descartaban infartos, su presión sanguínea era mejor que la mía en mi mejor época.
Despertó en medio de una abundante paz de hospital cerca de la hora que me tocaba irme a casa. Y lo vi. No se notaba ninguna sorpresa a verse rodeado de cables y tubos. Pero no sé, no quería volver hasta saber porque tanto sosiego ante una situación tan inusual. Cambiado para la huida me acerque.
Hola señor Carlos.- dije en tono suave, no quería despertarlo.- ¿está mejor? ¿Necesita algo? No encontramos teléfono de emergencia, ni nada para llamar a un familiar… disculpe si tomamos su billetera pero fue para sacar una forma de documento que nos dijera quien era…-
No se preocupe.- dijo sereno.- estoy mejor... – interrumpió su habla y dirigió su mano derecha sobre la izquierda y tanteo su reloj.-… sigue acá,.- y me dirigió la vista con alivio.
Me hizo seña de que podía levantarlo un poco y lo hice.
¿Tiene algún pariente que podamos avisare para asistirlo? – dije en tono medico de nuevo. Pude haber sonado un poco cordial y sobreprotector antes. Y continúe el interrogatorio en tono monocorde de médico y locutor, porque sí, tenemos eso también. – quería consultarle y comunicarle que no tiene signo alguno de cardiopatías, claro que mañana haremos más estudios un poco más profundos para saber….-
Tengo pocos días de vida…- me confeso. Otro momento de paciente y medico incomodo en donde a veces la costumbre nos dicta que decir. Porque también les digo que nadie se acostumbra a la muerte, ni a la noticia de muerte. Nadie, los médicos, como otras profesiones estamos cercanos a la muerte, como los policías o los bomberos, pero no nos acostumbramos a ella. Es un sentimiento tan fuerte y tan poco sutil, tan antinatural al propósito divino que no nos cabe en la cabeza. No confunda costumbre con aceptación. Y Carlos tenía en su cara las dos, aceptación por su estado, pero la costumbre por la vida parece que se le acortaba.
Tengo Síndrome de Loeys-Dietz, que derivó en un síndrome de Brugada, por una taquicardia ventricular polimórfica catecolaminergica…- Juro en mi vida de médico que nunca, así como la usan los mas acérrimos mentirosos la palabra. Nunca escuche una enfermedad tan larga, sé que hay enfermedades con nombres de médicos, cirujanos, etc. No sabía que decir, y tampoco sabía si decir algo a favor o en contra. Básicamente estaba acorralado por mi ignorancia.
Wow!- solté de la nada.- bueno Carlos… - tome su hombro y sin querer volví a ser el medico condescendiente y cordial, deje el locutor de radioteatro para otros pacientes.- Mañana con lo mejor de nuestro cuerpo de salud, buscaremos que este mejor.-
Me fui desolado a casa. No llegue a oler la cena perpleja de varias cosas de la tarde, Carlos Gonzales y todos los otros apellidos médicos anunciadas catástrofes de salud inevitables. Pensaba en que debe ser feo que le pongan a una enfermedad mortal tu apellido. Después me sonreí pensando que una gripe podía llamarse gripe de López, porque sería una gripe común.
Deje que la cena pasara, mi cuerpo estaba ahí en el comedor, rodeado por mis hijos adolescentes, y una esposa fiel que notaba que uno seguía en el hospital. Hacía años que no me quedaba así de mal por una enfermedad, y no quería darme cuenta que estaba perdido, que no tenía ni idea de lo que me había dicho Carlos. Mi esposa estaba en una rama diferente de trabajo, es una excelente administradora de una agencia de publicidad de alcance nacional, también diseña y se encarga de la imagen de la empresa.
Y tenemos formas de encontrarnos en nuestras conversaciones diarias, obviamente no le dijo nombres complejos porque ella enseguida me decía demandante.- ¿Traducción? Y uno en vez de decir afección respiratoria severa, soltaba un subtítulo menor, a algo común que sonara familiar como una neumonía por ejemplo. Temía que me preguntara como me fue hoy, y tener que decirle todos esos nombres y afecciones y después no tener un subtítulo que tradujera esa enfermedad a algo más básico. Así que simplifique la conversación y solo dije que me perdonara pero que iría al consultorio a leer un informe. El consultorio no quedaba a cuadras de distancia que me alejaran un tiempo suficiente para descargar mi angustia de alguna forma, quedaría a unos 5 metros de la cocina. Era la habitación de nuestra hija mayor que ahora andaba por las Europas venciendo caries y colocando prótesis dentales para por lo demos devolver algo de la conquista a estas tierras. La habitación era espaciosa y tenía entrada propia y hasta un baño que daba al garaje. Y me solté sobre la banqueta, pero no iba a atender a nadie. Me acomode los lentes, la laptop sobre el escritorio y cambie por el sillón reclinable que usaba poco.
Fui a google con una velocidad desconocida, busque primero en mi memoria los apellidos de famosos doctores que menciono Carlos. Y recordé solo Brugada. Y ahí estaban los médicos españoles que le habían puesto fecha de vencimiento a la vida de Carlos. Casi que los odiaba ya. Leí lo básico, bosque mas profundo en el Conicet digital, en anlis, en brisa… la verdad es que ninguno daba una fecha de muerte tan segura, decían que podía llegar a ser mortal en algún punto, pero no era algo que pudiera tener fecha segura.
Fui a la otra sentencia, los tales Loesys-Dietz, y ahí note que hablaba de la delgadez marcada de más en las facciones de Carlos. Pero era una afección de alguna vena o arterias para decirlo en criollo, y era cuestión de cuidarse mucho con no golpearse, o hacer un esfuerzo sobre exigido del cuerpo para que no se haga una aneurisma en la aorta o en alguna arteria cerebral. Me volví a apenar, pero no note que fuera una enfermedad que viniera con fecha de caducidad, si bien no había tratamiento, había que cuidarse.
Les parecerá curioso, pero fue aliviador poder saber que no lo sé todo en la medicina, saber que puedo estar conectado a alguien que en el mundo sabe que les pasa a los pacientes del pueblo.
Fui por la ultima busque… taquicardia ventricular… y ahí apareció. Era una de las primeras afecciones que tiene por decirlo así la electricidad de nuestro corazón, y era una enfermedad genética que hacía que el corazón latiera diferente.
Y pase al asombro. Como es que el cuerpo humano puede pasar tal nivel de enfermedades y así y todo sobrevivir.
Al otro día no tenía turno, pero quera decirle a Carlos que tenía buenas noticias. Le dije a mi secretaria que dijera a los paciente que tenía ese día que dejaran las recetas que las firmaría más tarde y que pasaran el viernes a buscarlas. Le dije que si venia la señora Vilma Diestra, que le diera las pastillas que estaban en la mesa. A veces me siento mal por ella. Porque ella es mi mayor secreto. Nos conocemos hace 16 años, y si bien mi esposa sabe que es el amor de mi vida, mi secretaria sería la tercera en mi vida que merecía lo mejor de mi amor. A veces me hunde la culpa en un tremendo dolor emocional y trato de ocultar ese amor detrás de un regalo. Ojala nunca se entere mi esposa que la engaño con mi secretaria. Esa hermosa persona de amor incondicional que sepa que le pague con un chocolate a la vuelta a casa desde alguna guardia. Ojala mi esposa nunca sepa que nuestra hija es mi secretaria. Con 16 años tiene un excelente manejo en el trato de personas mayores. Atender gente mayor es un trabajo, ella lo hace un arte. Mi esposa no quiere que trabaje en cosas que la asocien a la medicina, la entiendo igual. Nuestra hija mayor empezó viendo como una atendía y le gusto la medicina, le gusto más la parte odontológica y si bien a ninguno de la familia le gusto que se fuera a España, en secreto sé que mi esposa me culpa, y en algunos momento yo también, me queda ese pensamiento de que hubiera pasado si se dedicaba a otro trabajo y se quedaba con nosotros en casa. Qué se yo uno nunca sabe esas cosas, porque a la vida le podes dar muchas vueltas pero siempre queremos que nuestros hijos se queden en casa.
Carlos estaba ah en su cama, y su pesado reloj lo acompañaba fiel.
Carlos le tengo buenas noticias.- dije en el tono más optimista en años.- vamos a hacerle estudios muy muy específicos para lo que me dijo que tenía… vamos a tratarlo como se debe y después veremos como la pasa mejor… quiero ocuparme de usted.- termine con una seguridad que el mismísimo personaje de Dr. Gregory House envidiaría.
Hicimos todos los estudios con la mayoría de mis colegas del trabajo, y nada. No encontramos ninguna anormalidad, su electrocardiograma era acorde a su edad, todos los parámetros eran los esperados para una persona de su edad. Incluso mejores para la edad que aparentaba. Carlos aparentaba unos 65, pero no. Su documentación decía que tenía 53, pero la apariencia era según su enfermedad.
Sugerí ante mis colegas que había dos posibilidades, o me equivoque y seguí las instrucciones de un paciente, o estábamos ante un milagro de la ciencia. ¿Cómo le diría que un humilde hospital de una pequeña ciudades había curado enfermedades tan difíciles de pronunciar con simplemente dejarlo internado 3 días?
¿Imaginan el impacto de la comunidad médica ante tal avance? Un hombre se había curado con tan solo haber estado bien atendido en un hospital.
Carlos había recuperado color, y con algunas comidas especificas algo de fuerzas y masa muscular, tenía un buen ánimo y todo. Estaba dispuesto a darle el alta.
Cuando se lo comunique se puso contento, y amago a levantarse de la cama y ponerse la ropa. Lo salude y me fui a atender mi guardia nuevamente. Di la vuelta a saludarlo desde la puerta al pasillo y lo vi desvanecerse nuevamente.
Estaba desolado, otra vez estaba frente a una incógnita.
Volvió a reaccionar y me dijo que muy posiblemente fuera alguna reacción a algún medicamento o virus hospitalario. Esta vez el cuadro era diferente, empezó con fiebre y sudoración. La piel se le ponía entre pálida y tenuemente amarillenta.
Volvió a ser internado.
Cuando reacciono suavemente me menciono que de joven le habían diagnosticado la enfermedad de Crohn. Volví a google pero desde una computadora del hospital.
Podía ser, pero la posibilidad era de tres de cada cien mil personas. Las posibilidades eran muy bajas, pero la matemáticas siempre atentas contra la probabilidades y la suerte en la medicina muchas veces lleva a que no seamos buenos, sino confiados. Tampoco había cura, solo tratamiento o intentar una cirugía. Igual debíamos empezar de inmediato con algo porque éramos cerca de 30 médicos vendo que podía ser.
Muestras tanto Carlos parecía estar mejor, pero tenía vómitos y algunas alteraciones intestinales.
Al pasar los días, los síntomas cedían y la vida a Carlos le cambiaba. Y volví a evaluar darle el alta. Y volvió a quedar internado.
De inmediato sospeche que era, Carlos sufría de todas las enfermedades que hubiera, era hipocondriaco, y ahí la mezcla de cosas que les decía al principio de esta anécdota. Se mezclaban una alteración médica con un profundo conocimiento de medicina de parte de Carlos. Resulta que él sabía de memoria los síntomas, las características específicas de cada enfermedad que hubiera. Tenía una mente asombrosa, realmente su cuerpo se enfermaba con conocimiento de medicina. Pero note que todas las enfermedades que tuvo en nuestras conversaciones solo eran las buscadas en su historial de google. El buscaba síntomas de lo que le pasara y desde ese momento al buscar más y más profundo escarbar en los criterios médicos sin control, mas su cuerpo se enfermaba.
Y no podíamos confrontarlo porque era tal el nivel de conocimiento de datos médicos de diferentes fuentes, que hasta a Fernando el psiquiatra del hospital le costaba hablarle. Admito que las conversaciones eran geniales, que daba envida a más de uno de mis colegas. Es indudable que cuando trataba de hacerlo ir con el alta firmada su cuerpo se “enfermaba” de nuevo.
Volvía a casa frustrado, enojado conmigo mismo porque después de un mes y cinco días no podía echarlo del hospital. Resultaba que tenía dinero para pagar cualquier tratamiento que hubiera, porque no solo era hipocondriaco también era medianamente una persona con buen poder adquisitivo. Tendríamos que habernos dado cuenta que solo con el costo de su reloj podía pagar el sueldo del personal por dos o tal vez tres meses.
Mi esposa una noche me dejo claro dos cosas, que dejara de usar a nuestra hija de secretaria o debía comprar chocolate para ambas y que lo que ese hombre necesitaba era salir a vivir la vida y después de eso o escribir un libro con sus memorias. Entiendan que soy médico y no abogado, así que ante tal acusación solo pude aceptar la condena y vivir pagando helado y chocolate por el resto de mi vida económica con el sueldo de médico. Pero me di cuenta que la idea no era mala, no la de sobornar a mi esposa e hijas con cantidades sustanciales de cacao. Me parecía que empezaba a vislumbrar una solución para la vida de Carlos.
Esa mañana fui diferente. En vista que no podía engañar a Carlos con alguna enfermedad, decidí mentir. No dimos cuenta que su interés solo era la medicina, pero a veces le decíamos palabras de ciertas cosas y ciertos términos le eran esquivos o su mente, era como si estuviera programado para solo entender enfermedades.
Un día pusimos fin a la vida de Carlos en un boicot que encubrió a medio personal del hospital.
Cerca de las 11 de la mañana empezamos a darle otra vida a Carlos.
Hicimos que notara que corríamos con urgencia, llevábamos personal en camillas de un lado a otro y gritábamos al asíncrono. - ¡otro más! - ¡a esos ponelos a la derecha! – y corríamos por los pasillos. Turnándonos en las corridas y metiéndonos bajo las sabanas una y otra vez.
Carlos estaba asustado, el monitor mostraba palpitaciones cada vez más marcadas. Cada pitido era pulso que marcaba una corrida nuestra del otro lado en las habitaciones continuas. Algunos pacientes fueron cómplices nuestros, y se mostraban faltos de aire, portando sueros y llevando sus manos a la cara en desconsuelo. Algunos familiares fueron participes necesarios de esta terapia.
Carlos al fin se animó a levantarse, curioso buscaba una respuesta. Del otro lado de la puerta todos con trajes epidémicos.
Después de unas horas repetíamos la escena, mientras poníamos un poco de misterio cuando entrabamos a la habitación y por más que nos preguntara solo decíamos con vos entrecortada y a medio respirar.- ¡Carlos tenga paciencia ya estamos con usted hay una emergencia general!- y enseguida salíamos de la habitación.
Le dijimos que de algo local, paso a ser provincial en unas horas y después nacional. Todas las alertas eran de mal a peores. Cierta esposa, de cierto medico armo unos videos en su agencia de publicidad para que los mandáramos solo a cierta habitación interviniendo la tele. ¡Jamás revelare mis fuentes pero seguiré pagando con gusto cenas y helados hasta el fin de mis días como médico!
Al otro día, pudimos colmar sus expectativas de una nueva enfermedad que ocupara su mente. Teniendo claro que sabía muchos términos médicos. Tuvimos que inventar en pocas horas, terminología nueva, tratamientos y medicaciones nuevas a una enfermedad que no pudiera encontrar pero que sonara lógica.
En un posteo de Instagram vi un cartel de una palabra griega que sonaba a un término medico como ninguna otra. De esa palabra y su significado salió la idea que claramente funcionaba. Faltaba ponerlo en práctica.
Nos aparecimos con el psiquiatra vestido con unos trajes de epidemia con el amarillo más urgente del país, y frente a él nos sacamos las máscaras para por fin hablarle.
- ¡díganme que no es grave como son sus caras…!- empezó Carlos.
- ¡tranquilo Carlos es una enfermedad nueva de origen viral!- y Pablo el psiquiatra mostraba con un ademan la puerta que no decía nada, porque una de las cosas que poníamos siempre era un biombo azul, para que el hospital tuviera una vida normal a pesar de Carlos.
- debe ser perturbador allá afuera.- se lamentó Carlos. .- no tengo familia así que no puedo estar preocupado… pero toda esa gente afuera,… ¿qué les sucede? ¿Tengo los mismos síntomas?-
- ¡no creemos!- dijo serio Pablo. – es una enfermedad viral que se transmite rápido pero produce cierta lentitud en los patrones de escritura o lectura. –
- a medida que pasa el tiempo, se hace más lento el hablar y el escribir a mano, o en una computadora,- interrumpí con asentó marcado y serio.
- ¡necesitamos saber si usted tiene los síntomas! Por eso le pondremos una tarea y veremos como la resuelve.-
-¿una tarea?- balbuceo entre curioso y estremecido.
- Si, necesitamos saber que podemos contar con usted para un experimento que llevara a una investigación seria y científica sobre esta enfermedad viral.- dije con mi mejor vos de locutor, y cierto acento de gravedad de documental de National Geographic.- ¡imagine que usted podría ser la base y esta enfermedad podría llevar su nombre!- termine en mi mejor actuación. Me sentía Jack Nicholson en Cuestión de Honor.
- se puede describir como una espacie de ataxia, que es algo que usted seguramente conoce.- dijo Pablo, mientras veía como Carlos asentía con cierta ansiedad- ¿podemos empezar?... ¡cuénteme un chiste! ¡Ahora! ¡Ya!- ni lo dejo pensar al pobre Carlos
- es que no conozco ninguno...- titubeo con un sobresalto en la cama.-
- ¡no lo siento… quizás nos adelantamos! – dije apesadumbrado.
Carlos me miro con firmeza y odio, cuando noto que mis palabras y ademanes eran una forma de subestimarlo.
- ¿y si buscamos al de la cama 4?.. ¡Capaz con él se pueda, viste que sabía contar historias!- y mire a Pablo que dudaba mirando al techo.
- ¡eran aburridas y mal contadas, además después no las podría escribir porque nunca agarro una computadora en sus 87 años…!-
- puedo escribir historias y después contarlas…- dijo Carlos en un tono casi sepulcral, tímido.
- ¡perdón no lo escuche!- dijo Pablo bajando la mirada y fijándola en sus vivos ojos marrones.
Tomo aire, hasta color en su piel para repetirlas mas alto y firme.- ¡que puedo escribir historias y contarlas después!... ¡puedo hacer eso y más, señor mío!-
- ¿seguro?.. ¡Mire que no es ataxia!, le pusimos por nombre Metanoia… esta con los síntomas que podríamos describirlos luego viendo y comparándolo con otros pacientes infectados pero podríamos decir que el tratamiento se podría llamar…. No se…. Ataraxia…. Si suena muy medico…- mire a Carlos y solté con entusiasmo.- ¿usted qué opina Ataraxia de González?-
- ¿le parece doctor?- Enuncio Pablo, claramente emulando a Sherlock Holmes cuando decía “elemental Watson”
- no suena mal…- interrumpió Carlos.-… aunque podríamos ponerle Ataraxia de CG… digo para no sonar muy elocuente y quedarme yo con todo el mérito…- y salto sobre la cama. - .. Podría necesitar un computadora para escribir mis historias, acomodarme más al sol de la ventana….- se dio vuelta para mirarnos y hacer el ademán de que le corriéramos la cama más cerca de la ventana.-
Nos miramos con Pablo. Accedimos porque daba al estacionamiento de ambulancias y acceso de proveedores. Todavía recuerdo con el ánimo que nos veía, cuando cumplimos con sus demandas.
Le trajimos una laptop de última generación, una impresora que mando a comprar con una agencia de paquetes. Mientras llegaba él encargue, escriba vivazmente a lápiz. Cuando llego, le dijimos que no debía conectara a internet para que nuestra investigación y su tarea no se viera influenciada por factores externos. Nos dijo, -¡obviamente no hay que entorpecer a la ciencia con distracciones fútiles y hay que centrarse en hacer!- es más él se ofreció a pagarla de su bolsillo porque recuerdo que decía, que no había que recargar al estado con una investigación que llevaría recursos, que mejor los enfocara en cuidar a la gente.
Estuvo casi 10 días escribiendo historias muy buenas desde la primera, al principio era un cuento muy triste. La verdad era esa, luego de dos o tres días, iban teniendo otros matices. La única metáfora que se me ocurre es verlos como la evolución de la televisión, al principio eran blanco y negro, después de la nada paso al color, y ahora pasando 8 días son en 4k.
Con Pablo decidimos empezar a darlas a nuestros colegas, a nuestros pacientes, familiares. La realidad era que se nos había ido de las manos este “tratamiento”. Porque todos nos demandaban más, algunos eran cuentos, cortos un día, al otro eran largos de unas diez o doce páginas, a veces más. Otros días eran de ciencia ficción, otros eran de acción y aventuras, crimen y misterio, etc.
Pero como les digo, realmente se nos fue de las manos. Mi esposa los tomo, recopilo amorosamente y los encuaderno, hasta tuvo el gesto de hacerlo en un tomo de tapa dura, color verde oliva, con unas pequeñas letras doradas.
Al décimo día, fuimos conversar con él. Carlos estaba metido muy concentrado en sus historias, note que después de casi dos meses ya no llevaba el enorme reloj en su muñeca.
-¿Qué paso Carlos que dejo su reloj?- note con cierto asombro.
-… descuide que tengo tiempo para todo doctor… - dijo con un cuerpo nuevo. Ya no era el pálido de tarje negro y camisa oscura que entro por la guardia. Tenía más vida, más musculo, mas emociones además de la tristeza. Y en ese instante me miro, se paró de su silla de escritorio y fue hasta mí, recogió el reloj y me lo puso en las manos.-…. ¡se lo regalo!... mida usted el tiempo que le queda para volver a su hogar… - y volvió a la silla y al sol de la media mañana. La impresora empezó a trabajar, sus ruidos extraños eran el anuncio de un montón de hojas entrando.
- no puedo aceptarlo, Carlos…- dije.
- no lo acepte si no quiere, pero debe aceptarlo.- contesto si darse vuelta.
Pablo entro justo en la habitación.
Estaba decidido desde la junta médica de la mañana, debíamos decirle la verdad.
-… Carlos mire, queremos… mire Carlos,…. Nosotros queremos decirle que…– y no sabía cómo decirlo.
Los médicos decimos miles de diagnósticos tristes al mes, muchos como para contarlos, por eso tenemos una forma de decirlo que no a todos les cae bien. Somos conscientes que a las personas que atendemos les pude caer una noticia como un balde de agua helada. Y ser nosotros los que llenamos ese balde y le tiramos el agua en la cara muchas veces es lo más difícil del día, pero lo decimos rápido, sí. Pero tiene un porque, mientras más rápido lo decimos, más rápida es la contingencia que podemos hacer. Ojala fuéramos sanadores místicos, ojala no se necesitara de nuestros servicios. Ojala ya ocurriera la promesa bíblica de la resurrección y quedáramos todos sanos, pero no. Mientras haya que esperar hay que seguir andando con paciencia tengamos esperanzas o no. Pero las cosas buenas que vemos también salvan, no sólo a los pacientes sino a nosotros. Saber que se puede salvar un paciente es lo más grato, aunque no haya gratitud. Y esa mezcla si es agradable al final creo, cuando vemos las dos cosas a la vez compensa cada día.
-… ni lo diga,… lo sé todo….- dijo volviendo la vista unos instantes hacia donde estábamos los dos.-… ¡lo sé todo!-
Los dos nos sentamos sobre la cama número 12 del hospital. Pablo no sé, yo sé que me senté porque pensé que las palpitaciones me iban a fallar. Se lo que es un infarto, pero nunca sufrí uno hasta ese…. “lo sé todo”.
- … ustedes me salvaron la vida, ahora lo sé, sé que lo hicieron por mi bien…. Y realmente me siento bien,… - se levantó y nos dio la mano a cada uno.-… ¡este es el último cuento! Tengo que irme...- Y me dio el manojo de hojas con una sonrisa.
- ¿Cómo su ultimo cuento?- dije desconcertado.-… Carlos ¿cuándo lo supo?- y mire las hojas en mi mano.
- desde el primer día, amigo mío… desde el primer día,… yo era un hombre feliz con mi suerte en la vida, lo tenía todo y se me fue, no tenía propósito ni ganas de buscar uno… y acá entendí que los médicos no te salvan porque tienen tiempo de mas, no es solo una profesión para mostrarse al mundo con un sólido ¡acá estoy! o un fuerte ¡soy medico! Gritado al mundo para hacerse respetar y ganar dinero… debe haber de esos seguramente… pero ustedes no lo son… recupere la cabeza cuando vi el empeño que pusieron para salvarme de mi mismo, no me conocían y no me dieron por perdido o me echaron como en otros lugares, me dieron paciencia y afecto… estaba perdido y me ayudaron a encontrarme. – junto algunas ropas que tenía y las acomodo en una mochila de esas de cuero. Se volvió al pequeño ropero y tomo el traje negro con el que había llegado. Con una sonrisa cálida miro esas ropas, las saco del perchero. Tomo la corbata, se acercó al sorprendido Pablo y la midió aproximadamente desde el cuello y le tomo la mano y se la puso en la mano con un gesto afectivo y animoso. Lo demás, el saco, pantalón y camisa los tiro a la basura.-… era gracioso verlos ir y venir con las camillas ese día…. Escribí para todos, porque todos colaboraron en la resurrección… todos fueron por así decirlo…. La Ataraxia de Carlos González…-
Ahí recordé el regalo que le tenía, – bueno iba a premiarlo con un regalo… que en realidad es de mi esposa,… es una recopilación de sus cuentos.-
- ¡gracias… le agradezco!- nos abrazó a ambos. Y saludo a todos en los pasillos. Salimos a la puerta de la habitación con Pablo. – Desde casi la salida se dio una vuelta rápida…. -¡doc! ¿Sabe cuál fue la primer palabra medica que busque?-
No dije con la cabeza. Creo que Pablo también hizo lo mismo como gesto, pero la sorpresa era compartida.
-… ¡hipocondría!- y se fue lento al sol de la tarde por el estacionamiento. Fuimos acompañando la caminata desde lejos. Un hombre de gran tamaño y con lentes oscuros le abrió la puerta de un auto que ninguno de nosotros podría tener en los años que viviéramos. Saludo nuevamente desde la distancia. Y desde hay hizo un gesto que entendimos como un “después nos vemos”.
Y si, después nos vimos. Resulta que las regalías del primer tomo de “La Ataraxia de Carlos González” fueron donadas a la cooperadora del hospital. Se hicieron muchos arreglos, hasta una sala odontológica pediátrica y una de cuidados paliativos. Betty no cambio su instinto pero si su humor de invierno, ya que un amigo le regalo un auto 0km mediano, que ella pudiera manejar de su casa al hospital, nunca dice quien fue, pero sabemos quién es su amigo.
La moraleja al final no es que si nos portamos bien, y somos buenos al final nos van a dar una recompensa. No sea miope.
Creo que sería esta. No mezcle cosas como el conocimiento y la falta de propósito en el mismo cuerpo. Porque si uno sabe cosas, y no las usa en favor de otro se va a morir igual, y encima seguramente sin un propósito.
Es bien sabido que sabio no es saber mucho y no hacer nada, sabio es el que sabe una cosa y la aplica, ese uno lo enseña hasta que encuentra a otro para enseñarlo, cuando lo tiene son dos sabios buscando aprender otra cosa, para enseñarla. Continue la cadena.
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